Mi sable corvo siempre estuvo destinado a la defensa de la Patria, mi deseo es que se entregue este símbolo de la lucha por la libertad sudamericana, a Don Juan Manuel de Rosas, mi camarada y amigo, le dije a mi hija, una tarde de lluvia.
—Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas, que se comen así nomás sin ningún trabajo, le escribí al Brigadier General Rosas, antes de realizar mi testamento en el año 1844.
—Será como usted diga, padre.
Soy Generalísimo de la República del Perú y Fundador de su libertad, Capitán General de la República de Chile, y Brigadier General de la Confederación Argentina, estoy consciente de mi mal estado de salud, mis huesos están cansados y mi cerebro aún funciona, por tal motivo, en el artículo tercero de mi testamento dejé expresado de forma muy clara lo siguiente:
"El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla."
Compré, mi sable corvo, en 1811, en Londres y traté de diseñar los latones para el Regimiento de Granaderos a Caballo, más cortos y livianos. Tiene 92 centímetros de largo y su origen es de Arabia, un magnífico sable persa, con una hoja de acero de Damasco, empuñadura de madera de ébano y vaina recubierta en cuero y bronce.¡ Dios! Tenerlo frente a mí, fue magnífico, quedé algunos segundos antes de decidir comprarlo. Dije:
—Este sable necesito para luchar contra los gringos!— Y llegué al Buen Ayre en 1812 con él, dentro de mi valija.
Me acompañó con hidalguía y lealtad a las campañas de Chile y Perú. Antes de zarpar hacia Perú en 1820, lancé una proclama, solo desenvainaría mi grandioso sable corvo en la guerra por la independencia. Tuve que aclarar, no me molestó hacerlo, que jamás lo haría contra las provincias artiguistas, como me ordenaba el Directorio.
—Que creen que soy? —Todos mis hombres aplaudieron entre lágrimas. Dije:
—Si yo hubiese tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas debía renunciar, sin más, a la empresa de libertar el Perú, y suponiendo que la suerte de las armas me hubiese sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos.
¡No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas!
Cuando volví del Perú dejé el sable en Mendoza, mi hija lo llevó a Francia. ¿Qué mejores que en las manos del Restaurador de las Leyes? Pensé en silencio y luego le dije a Mercedes y di instrucciones.
Dejé todo escrito por mi puño y letra para que no existan especulaciones y se cumpla en su totalidad, así podré morir en paz sabiendo que entregué mi vida por la libertad del continente americano y la posteridad me recordará como un soldado valiente, además de un hombre justo y patriota.
Mary Cross Copyright ©
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